Noviembre 2001.
Historia ambientada el el Mundodisco (© Terry Pratchett).
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En las oscuras calles de Las Sombras, en Ankh-Morpork, se empezaron a oír unos ruidos chirriantes. No es que la zona estuviera normalmente en silencio. Las Sombras son tan bulliciosas de noche como durante el día, o más. Su ambiente se llena en todo momento de gritos de dolor o... bueno, principalmente de gritos de dolor. Esta noche no hay patrullas de la Guardia Nocturna de Ankh-Morpork. Por lo general no suponen mucha diferencia -simplemente, donde antes había gritos se oyen las pisadas de la patrulla y silbidos inocentes de los ciudadanos-, pero los criminales que pueblan Las Sombras se han acostumbrado ya a su rutina y, ahora que no la tienen, están más nerviosos de lo habitual. En un callejón sin salida se encontraba la fuente de los chirridos. Una criatura estaba revolviendo el montón de basuras en que se había transformado la calle hace generaciones. La criatura estaba tratando de llegar al fondo, al detritus más antiguo y más descompuesto. Sólo existe una raza pensante en todo el Mundodisco1 capaz de buscar ésta clase de residuos: un gnoll. Los gnolls, una especie de cruce entre un humano de dos metros de alto y una cabra, estuvieron a punto de extinguirse en el Disco hace mil años. Sus hábitos y su apariencia repulsiva casi provocaron su exterminio en las zonas rurales a manos de héroes o grupos de campesinos con azadas. Pero en un momento crucial de su evolución descubrieron las grandes ciudades, el único medio que podía sustentarlos. Los primeros gnolls urbanitas, incomprendidos por las demás especies, atrajeron a todos sus congéneres hacia las urbes: "¡Venid, muchachos, hay escoria para todos!"2. Y por eso Ajk se encontraba aquella noche hundido desde la cabeza hasta los tobillos en la Calle del Cristal. Nadie sabía qué hacían los gnolls con toda la basura que recogían. La mayoría de los ciudadanos les evitaban, pero aquellos que eran demasiado curiosos decían que les habían visto acumularla en aquellas carretas apestosas que conducían. Y que luego se chupaban las garras. Ajk fue el primer sorprendido por el chirrido. A esta profundidad la basura debería estar en un estado tal de putrefacción que el máximo sonido que debería emitir era blob. Allí debajo había algo sólido. Demasiado sólido. A Ajk le interesaban cosas mucho más fluidas, pero aquel sólido le impedía llegar hasta la zona más baja del montón. Allí donde, según se rumoreaba en círculos gnolls, había evolucionado una especie de gnomos diminutos que digerían la basura y la convertían en algo mucho mejor. Finalmente Ajk consiguió sacar el sólido. Bajó del montón de detritus, se quitó lo que en otros tiempos fue una hoja de lechuga del ojo y lo observó. Era un cofre. El limo lo había hecho tan resbaladizo que era casi imposible de abrir para alguien que no tuviera las garras adecuadas. Ajk se disponía a hacerlo, pero entonces recordó dónde estaba. En Las Sombras, incluso un cofre tan recubierto como éste emite al abrirlo una vibración casi mágica que invoca a tipos musculosos, con poco cerebro y mucha avaricia. Depositó el cofre en su carreta y se subió a ella. Cuando dejó libre la entrada de la Calle del Cristal, otros dos gnolls jóvenes que habían estado esperando su turno se lanzaron de cabeza hacia su futuro. Mr Boggis era el presidente del Gremio de Ladrones de Ankh-Morpork. En otros tiempos los ladrones estaban completamente desorganizados, agrupados en bandas que perdían más tiempo luchando entre sí que dedicándose a lo que sabían hacer mejor. Ahora disponían de un magnífico edificio bien iluminado y ventilado, acudían a todas las reuniones sociales e incluso tenían voz a la hora de decidir en los asuntos de la ciudad. Tenían voz, y solamente voz, porque el voto pertenecía claramente a Lord Vetinari, el Patricio de Ankh-Morpork, que era quien había proporcionado a los ladrones su actual estatus. Su máxima era: "Si debe haber crimen, al menos que sea crimen organizado". Boggis se frotaba los ojos mientras andaba hacia su despacho, porque la reunión social de la noche anterior (una recepción en el Gremio de Asesinos) se había prolongado hasta la madrugada. La mayoría de miembros del gremio actuaba de noche, pero a Boggis siempre le había gustado ver bien lo que hacía. En su despacho había un hombre esperándole. Esto era inaudito. ¡En su propio despacho! ¡Y sin su permiso! - Pero ¿qué...? - El cofre ha desaparecido -le interrumpió el intruso. Boggis despertó de golpe. - ¿Cómo? - Que el cofre ha... - No; digo que cómo ha desaparecido. - No lo sabemos, señor. Mardit no ha vuelto. - No puede ser. Llevamos meses planeando el robo de ese cofre. Está marcado en el plan semestral como "asunto de máxima prioridad". Hemos tenido en cuenta todos los detalles. Y Mardit es la persona mejor preparada para el trabajo. Además, es leal. No puede habernos traicionado. - No sabría decirle, señor. El caso es que está muerto. Boggis guardó silencio. El otro ladrón, Vinius, interpretó correctamente ese silencio y continuó hablando. - Inhumado. Lo he comprobado... esta misma mañana me he tomado la libertad de consultar con el Gremio de Asesinos. Le inhumaron anoche. Por supuesto, no quieren decirnos quién les contrató para el trabajo. - ¿Y el cofre? - No saben nada -dijo Vinius. - Dicen que no saben nada -puntualizó Boggis. - Eso es. - Bien. Déjame solo. Vinius salió de la habitación. Boggis se sirvió una copa de whisky. Era considerablemente mejor que el que sirvieron los Asesinos en la recepción de la noche anterior. Al cabo de cinco minutos, Boggis se levantó de su sillón, se puso la capa y, dejando pendientes los demás asuntos del día, salió del Gremio de Ladrones. Mientras esperaba su carruaje, echó un vistazo a la veleta del Gremio, que era bastante inusual incluso para los estándares de Ankh-Morpork. Su rareza consistía en que se trataba, por lo general, de un ladrón sin licencia (ya fallecido, por supuesto) al que el Gremio había capturado. En ocasiones era un ladrón del Gremio que les traicionaba, un ladrón tratando de robar a los Ladrones. Aquel refrán de los cien años de perdón era realmente estúpido. Cuando llegó el carruaje, Boggis hizo que se dirigiera al Palacio del Patricio. En la Calle del Cristal, una figura estaba acabando de ponerse su traje especial. Era más de media mañana, pero aquella zona estaba muy poco frecuentada por el olor que desprendía el callejón. En tiempos había sido una calle en toda regla, con entrada y salida, pero el típico caos urbanístico de Ankh-Morpork era el responsable de que una casa colocada en un extremo lo hubiera convertido en uno de los basureros más malolientes de toda la ciudad. El traje era completamente negro y estaba recubierto de una sustancia grasienta para hacerlo impermeable. Cubría a la figura de pies a cabeza y en el hueco para los ojos había una rendija de cristal que le permitía ver sin entrar en contacto con el ambiente. En vista del ambiente en el que la figura iba a introducirse, lo mejor era evitar todo contacto. La figura cogió aire, ajustó la cremallera de la máscara y se sumergió en la basura. Emergió pasado más de un minuto. Luchó con la cremallera, que se le resbalaba porque estaba completamente cubierta del limo primordial que formaba las profundidades de la montaña y, al conseguir quitársela dejó entrever un rostro deformado por la rabia. Respiró una o dos veces y exclamó: - ¡Mierda puta joder! Y salió corriendo de allí. Poco después, una figura diminuta (no debía medir más de diez o doce centímetros) se sonrió y abandonó la Calle del Cristal para dirigirse al Palacio del Patricio. Ajk despertó en su refugio de las afueras de la ciudad. Se trataba de una zona que había estado deshabitada desde hacía mucho tiempo. Algún incendio o algún otro desastre natural de Ankh-Morpork (el impacto de un dragón, de un meteorito o una lluvia especialmente fuerte de latas de sardina) había forzado a sus habitantes a abandonarla y ahora, simplemente, no habían vuelto. El distrito era ahora territorio de gnolls y otros despojos sociales. Dentro del cofre había una lámpara de aceite con extrañas inscripciones talladas. El carruaje de Mr Boggis estaba retenido por la Guardia de la Ciudad. Boggis no estaba nada contento. - No sabría decirle, señor -estaba diciendo el guardia. Era un sargento, a juzgar por las tres tiras malcosidas al hombro de su cota de malla-. Estas procesiones se sabe cuando empiezan, pero nunca cuándo acaban, señor. - ¡Ábrame paso inmediatamente! ¿No sabe con quién está hablando? -la cara de Mr Boggis se contraía cada vez más por la furia. Últimamente había empezado a desarrollar un tic: contraía convulsivamente el párpado izquierdo. - No sabría decirle, señor. Otro guardia susurró algo al oído del sargento Colon, al que le cambió la cara. Su puesto actual era Jefe de Tráfico de Ankh-Morpork. No estaba cualificado para dirimir conflictos de protocolo. Aún así, muchos años en la Guardia de la Ciudad le decían que llamar a un oficial de rango superior no era una buena idea. Además, todos ellos formaban parte de la procesión, que era la responsable del corte de tráfico. - Verá, señor -consiguió articular al fin-. No creo que esto dure demasiado. Es sólo un artista que ha muerto hace poco... creo que la ciudad le ha organizado una especie de cortejo fúnebre... será un momento... -murmuró mientras se alejaba, agradecido, hacia otro agente que le había llamado para sacarle las castañas del fuego. Boggis salió del carruaje y se izó sobre el techo. Había engordado. Unos cuantos años al frente del Gremio de Ladrones, unas cuantas cenas y reuniones sociales, y ahora cualquier ladronzuelo principiante trabajaría mejor, más rápida y silenciosamente que él. Ya se parecía más a un gordo empresario que a un ladrón. Desde el techo consiguió ver la cabeza de la procesión. El Patricio, el Comandante de la Guardia de la Ciudad (con evidentes muestras de incomodidad por el traje de gala) y el Presidente del Gremio de Artistas iban en primera fila, y un grupo de jóvenes escuálidos -probablemente artistas también- portaban el ataúd. Se dirigían al templo de Io el Ciego, que no quedaba demasiado lejos. Boggis se resignó a esperar un poco y, justo cuando se disponía a bajar del carruaje, Lord Vetinari le dirigió una mirada de reojo y elevó la cabeza levemente en un saludo mientras ponía una media sonrisa algo torva. "Lo sabe", pensó Boggis. "El muy cabrón ya sabe para qué voy a verle. El bastardo tiene espías por todas partes". Hora y media después el secretario del Patricio le daba la entrada al Despacho Oblongo. - Siento la espera, Mr Boggis -comenzó el Patricio-. Sabrá comprender que Rib Kjoshy, aunque nacido en Uberwald, fue una figura muy importante en los círculos artísticos de la ciudad. Me pregunto si conoce usted uno de sus cuadros en que... - Mire, Havelock -le interrumpió Boggis inclinándose sobre la mesa del Patricio. Una mirada sorprendida de Lord Vetinari a sus manos, apoyadas en la mesa, bastó a Boggis para comprender que había cometido dos errores. El primero era la posición de las manos. El segundo era haber interrumpido al Patricio. Retiró las manos y decidió continuar hablando, aunque en un tono más sosegado. - Vengo a verle para denunciar una intrusión del Gremio de Asesinos en nuestras actividades. - ¿Mmm? -el Patricio estaba revolviendo un poco los papeles que había en su escritorio. - Anoche los Asesinos inhumaron a un miembro del Gremio de Ladrones en misión oficial. - Eso jamás había sido un problema, si no recuerdo mal -de repente, toda la atención del Patricio estaba puesta en Mr Boggis-. No recuerdo ninguna ordenanza que impida a los Asesinos trabajar en horario de trabajo. - Bien... sí... pero... -Boggis se recompuso- Va contra la costumbre que nuestros respectivos gremios... eh... trabajen sobre miembros del otro gremio. Lord Downey y yo acordamos... - Ah. Acuerdos gremiales. Si no me han informado mal (y no me han informado mal, Mr Boggis) el Gremio de Ladrones y el de Asesinos no pasan por el mejor momento de sus relaciones. Creo recordar que Lord Downey vino a verme el otro día para protestar porque uno de sus hombres había sido asaltado justo después de cobrar un trabajo por un ladrón con licencia. Por supuesto, el Asesino no inhumó al ladrón... - ¡No pueden hacerlo sin un contrato! ¡Faltaría más! -gritó Boggis. Su párpado izquierdo empezó a contraerse. Boggis trató de controlarlo. - Evidentemente. De todos modos, le dije lo mismo que le diré a usted. Los problemas del Gremio de Asesinos y el de Ladrones son exclusivamente problemas del Gremio de Asesinos y el de Ladrones. Jamás se me ocurriría inmiscuirme en asuntos gremiales. Resuelvan sus diferencias como caballeros civilizados. Vetinari calló y observó como el párpado de Boggis emitía un mensaje de furia en el Código Morse de los tics. - Sin embargo -continuó hablando-, si por lo que está tan preocupado es por cierto cofre que portaba el... difunto, entonces creo que debería leer ciertos documentos que obran en mi poder y que, sin duda, mi secretario le proporcionará cuando abandone mi despacho. - Pero... yo... ¿cómo...? Finalmente el cerebro que había elevado a Boggis a la presidencia del Gremio de Ladrones se impuso sobre el párpado izquierdo y le hizo abandonar rápidamente el Despacho Oblongo. Lord Vetinari se reclinó en su sillón, volvió a sacar el tablero de ajedrez del cajón y continuó jugando la partida contra sí mismo. Estaba en un punto muy interesante. Ambas partes estaban llevando a cabo una estrategia extremadamente inteligente. Un saco estaba hundiéndose lentamente en el Ankh. Probablemente en una o dos horas desapareciera completamente bajo la superficie turbia del río. El saco contenía el traje especial a prueba de basura con lentes para poder ver, en caso de que quisieras ver dónde te estabas metiendo. Su dueño, que acababa de tirarlo para hacer desaparecer pruebas, caminaba a paso rápido hacia el puerto mientras murmuraba por lo bajo. Ahora tendría que huir. Pensaba hacerlo de todas formas (además, Klatch era muy bonito en esta época del año), pero ahora tendría que hacerlo sin la lámpara mágica que le garantizaría la prosperidad en su nuevo hogar. Acortó por un callejón y se encontró con un hombre vestido completamente de negro. - ¿Qué...? - Lo siento, Vinius. Tengo un contrato. - Pero... tú... - Lo sé. Iba a pedir que se encargara otro, hermano. Pero luego pensé que era mejor despedirme de ti. - ¿Quién? -preguntó llanamente el ladrón, más sosegado ya. - Sabes que no debo decírtelo -dijo el asesino-. Pero al fin y al cabo, somos familia. Ha sido Boggis. - Mierda. ¿Cómo me ha descubierto? - Ni idea. Pero sí te diré que no fue buena idea decirle a Boggis que habías consultado con el Gremio de Asesinos. Hace media hora estuvo allí haciendo preguntas. Por supuesto, nadie le dijo que fueras tú quien nos había contratado para inhumar al pobre Mardit. Pero sí tuvimos que decirle que no habías venido a preguntarnos en ningún momento. - Tú eras parte del plan. Tú mat... tú inhumaste a Mardit. - Sí. Pero tú eres el único que sabe que yo estaba en el ajo. - Entonces el cofre lo tiene Boggis. - Que nosotros sepamos, no -dijo el Asesino mientras se encendía un cigarro y lo pasaba a su hermano-. Nadie sabe donde está ni quien lo tiene. Si te sirve de consuelo, lo buscaré. - ¿Para pedirle al genio que me resucite? El hermano de Vinius tuvo la decencia de apartar la mirada y no mentirle. - Bueno... que sea rápido -pidió Vinius. Fue rápido. Mientras el mundo se desvanecía, Vinius escuchó una voz gemir en tonos profundos y fúnebres. Su espíritu se giró. MALDITA SEA ESTA HUMEDAD -dijo la Muerte-. ESTAS RODILLAS ME ESTÁN MATANDO. METAFÓRICAMENTE, CLARO. ME PASA SIEMPRE QUE CAMBIA EL TIEMPO. - La señora Palma hace un ungüento que funciona de maravilla. ¿Sabe dónde vive? ¿EN SERIO? MUCHAS GRACIAS. IRÉ A PREGUNTARLE ENSEGUIDA. Y CRÉAME, SEÑOR VINIUS, SÉ EXACTAMENTE DONDE VIVE. AHHH... -la Muerte se incorporó-. BUENO, VAMOS A TRABAJAR. Sacó la guadaña. Trabajó. Esta historia tiene un final feliz para casi todo el mundo. Lord Vetinari, el Patricio de Ankh-Morpork, estaba contento. Todo este asunto de ladrones robando a asesinos y asesinos inhumando a ladrones estaba enemistando, aunque fuera levemente, a los dos gremios más poderosos de la ciudad. Esto mejoraba el equilibrio precario de poder que mantenía al Patricio en su puesto y hacía que la ciudad, la mayoría de las veces, funcionara como un reloj. Como un reloj de los de mecanismo, no de los que funcionaban con demonios. Ésos no eran de fiar. Mr Boggis, el Presidente de los Ladrones, estaba contento. No había conseguido recuperar la lámpara mágica, pero tenía a sus mejores hombres puestos en la labor. Y se había quitado de encima a un traidor. Además, el anterior cadáver que había en la veleta estaba empezando a deshacerse demasiado y los vecinos se quejaban del olor. Un cambio siempre viene bien. El hermano de Vinius estaba contento. Por supuesto, sentía haber tenido que inhumar a su hermano. Pero ahora, cuando encontrara la maldita lámpara no tendría que ponerse de acuerdo con nadie y podría pedir el deseo que él quisiera. Ya lo pensaría detenidamente. Y Ajk, el gnoll, estaba contento. El cuchitril en el que reposaba las pocas veces que se sentía cansado era todo cuanto deseaba. Estaba mal ventilado, tenía muchísima basura por el suelo (y de una gran calidad) y había suficiente espacio para él y su carreta. Pero estaba muy mal iluminado. A Ajk, como a Mr Boggis, le gustaba ver lo que hacía3. Además, en lugar de poner aceite a la lámpara, estaba utilizando grasas de diversos orígenes que tenía almacenadas en su refugio. Las llamas tenían unos colores preciosos. Para que luego vengan esos hechiceros diciendo que las lámparas mágicas no sirven para nada y dan más problemas que otra cosa. Tal vez el único que no estuviera tan contento fuera Vinius, pero no podemos saberlo porque está muerto. Y si realmente hay alguien infeliz por el desarrollo de esta historia, ése es el genio de la lámpara. No por no haber concedido ningún deseo en el sentido estricto de la palabra (los genios son unas criaturas bastante perezosas), sino porque fuera cual fuera el origen de las grasas que estaba quemando ese maldito gnoll, no le estaban haciendo ningún bien a su olfato. FinNotas a pie de página:
1: Que viaja por el espacio a lomos de cuatro elefantes que, a su vez, reposan sobre la concha de Gran A'Tuin, la tortuga estelar. Pero todo eso ya lo sabíais, ¿no? Volver. |