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Sombras de injusticia

Por Fernando Muñoz.

Un relato corto sobre la zoma más oscura del Mundodisco (© Terry Pratchett).


      Ciudad Barroca, una urbe en las profundidades de toda la superficie del Mundodisco, donde la luz llega en cortos períodos de tiempo y se marcha cuando uno menos lo espera. Los campos mágicos, que impiden avanzar a un paso normal la luz en el disco, se cebaron especialmente en esta zona donde había más noche que día. Y eso influye en el comportamiento de la gente, claro.
      Los amaneceres son tan súbitos como inesperados. Algunas veces sorprenden a los ladrones o a los asesinos en mitad de su faena, y se pierde todo ese encanto tan misterioso que tiene desarrollar un trabajo en la sombra.
      Sólo una mansión en toda la ciudad tenía la capacidad (más bien el dinero) para mantener con magia industrial [1] la luz durante toda la noche. Pero dentro vivía una sola persona, atormentada por un pasado ficticio, que creó en un momento de soledad y aburrimiento. Era gran comerciante, tenía una gran fortuna, una gran empresa a sus espaldas y nadie que le prestase la mínima atención, siquiera para saludarle. Aunque poseía un ejército de sirvientes, que le hacía todas las tareas del hogar, se comportaban de manera impersonal, dejando claro que el contrato sólo estipulaba la explotación laboral moderada, no hablaba de charlas amistosas.
      Tampoco las quería.

      Se retiraba cada noche, es decir cada día y cada noche, porque la oscuridad aquí era casi omnipresente, a un conducto subterráneo desde donde observaba lo que había construido con sus propias manos en ratos perdidos. Era una sala de recreo diseñada con un gusto repugnante. Allí se disfrazaba con unos harapos viejos y un antifaz hasta parecer un fantoche. Después salía por la puerta trasera, a hurtadillas, hacia el mismo corazón de la ciudad, donde se dedicaba a librar una cruzada contra el crimen que nadie le había pedido que librase.

      -¡Ya está bien la broma! -bramó El Insigne y Respetado en Cierta Manera Comisario Vermeen de Feldt, al que a veces venía grande su propio título, sobre todo en las tarjetas de presentación.
      -No es culpa nuestra... Aparece y desaparece sin más... -respondió el Sargento Caravage.
      El comisario Vermeen era un hombre demasiado mayor para ciertos casos, y éste le venía decididamente grande. Su sastre sufría por lo que este hombre encogía metafóricamente. Tenía unos cincuenta y tantos años, pero aparentaba sesenta.
      Últimamente, millares de informes caían en cascada desde la mesa de su despacho. Apuntaban hacia la misma dirección: un tipo enmascarado que estaba tomándose la justicia por su mano, acabando con el crimen organizado. Ladrones y asesinos honrados denunciaban ante la Policía el poco respeto que recibían. Sólo pedían trabajar con tranquilidad, sin hacer mal a nadie, más de lo estrictamente necesario.
      El comisario no soportaba que alguien se tomase la justicia por su mano. Le robaba el pan de cada día sin ningún tipo de acreditación oficial. A él le había costado mucho llegar hasta ese puesto en Ciudad Barroca, y ahora, desde luego, no iba a venir un fantomás cualquiera a quitarle su prestigio.
      -Tomemos medidas... Pongamos un oficial en cada calle. ¡Que no escape ese desquiciado! –ordenó Vermeen sin pensar mucho.
      -Es que hay otro problema añadido, comisario – contestó Caravage.
      -¿Más problemas?
      -Sí, estos días hay una epidemia de narcolepsia [2] en la ciudad. Encontrar tantos policías va a ser casi imposible.
      -¡Mierda! ¡Me encargaré yo mismo! ¡De esta noche no pasa!
      -¿Esta noche no teníamos que supervisar el cargamento de tabaco para magos que viene desde Ankh-Morpork?
      -¡Eso puede esperar! ¡Y usted, sargento, me acompaña!- sentenció el comisario.
      -¡Sus órdenes, comisario!
      Vermeen se lió un cigarrillo y salió de la Comisaría junto al sargento, que ya había cogido un florete como arma. El clasicismo era lo suyo.
      Lo bueno de vivir en Ciudad Barroca es que no hay que esperar demasiado para que anochezca, aunque los faroleros cobran unos salarios abusivos. Sus mansiones de las afueras así lo confirman. El resultado de todo esto es una irregular distribución de luces y sombras que causa mareos a cualquier forastero desprevenido.
      Por entre las retorcidas calles, que se reían ante el clásico concepto de planificación urbanística, encontraron a mucha gente tirada por el suelo, aquejada de la extraña epidemia de narcolepsia. Estaban amodorrados por todas las esquinas y sumidos en un profundo sueño, pese a estar algunos de ellos en pleno trabajo. Como el verdulero, que estaba apilado y roncando en una caja, como una lechuga más, o el curtidor de pieles, que reposaba plácidamente junto al cuero negro y soñando con cosas que no son angelitos precisamente.
 


 
      El justiciero, cuya identidad civil era la de Rem Brandt, comerciante de mayor fortuna de toda Ciudad Barroca, tenía un ego demasiado marcado como para esconderse de aquellos que le buscaban. En ese momento había llegado a un callejón donde estaba maltratando desconsideradamente a dos rufianes que estaban acosando a unas damas. La violencia relucía en sus ojos y los puñetazos iban y venían con un ritmo constante, al que los dientes acompañaban saliendo disparados.
      -¡Si hemos pagado! –dijo uno de los dos golpeados.
      -¡Ahora me lo estáis pagando a mí! ¡Y os va a salir bastante caro! –dijo el fantoche enmascarado, y prosiguió con su tarea.
      Cuando creyó que era suficiente, y se había manchado demasiado de sangre, los dejó tirados. Se dirigió a una fuente para limpiarse las manchas del traje. Ya se sabe que las manchas de sangre son difíciles de quitar, pero entre los harapos casi no se notaban. De todas formas, la limpieza y la imagen eran lo primero.
      Sin llegar mucho más lejos divisó de nuevo a otros dos zarrapastrosos que babeaban por encima de las damas a las que había salvado. Obviamente, las damas, no eran tan damas.
      -Cuando aprenderán... -se dijo.
      Con un paso decidido y altivo llegó de nuevo hasta las dos damas... mujeres y se abalanzó sobre los dos tipos. Mientras proseguía el pegadizo ritmo de los golpes, que bien acompasado se convertiría en un éxito del verano, las dos mujeres salieron corriendo para alejarse lo más posible.
      -Esta noche no hacemos caja... -dijo una de ellas.

      Vermeen oyó un suave compás de quejidos a sus espaldas y tiró del brazo a Caravage para que le siguiera. La pista era correcta y ahora lo tenían ante sus ojos. El tipejo que les estaba dando tantos dolores de cabeza se encontraba en pleno éxtasis violento, e ignoraba que se estaban acercando.
      Cuando se dio cuenta, ya no tenía escapatoria. Así que, como no quería quedarse a discutir sobre el nefasto vicio de sacudir a gente desconocida, prefirió escapar, tirando por encima los cuerpos inconscientes de los dos pordioseros como un improvisado obstáculo. Cayeron a los pies del comisario, quien no se detuvo a examinarlos para obtener pruebas. Eso era cosa de los Cirujanos Sin Instrumental que trabajaban para la Policía, médicos no profesionales que se dedicaban a rajar cadáveres o a probar porquerías del suelo por cuatro monedas, para demostrar que el hijo de la vecina era culpable de asesinato [3].
      El sargento Caravage notó que esta explicación no venía a cuento y, cuando volvió al mundo de la realidad, el comisario estaba dos calles más abajo. A sus espaldas había un tipo alto y largo, vestido con una túnica de mago. Fue lo último que vio, porque se dio cuenta de que, de algún modo, era la hora de la siesta.
Buenas noches. Felices sueños.
 


 
      Brandt se había detenido junto a la Expendeduría de Tabacos de Ciudad Barroca, la cual se hallaba cerrada, porque los últimos cargamentos de tabaco habían sido interceptados por la guardia de las costas de Bernina. Los guardacostas de estos muelles consideraban que era contrabando todo aquello que no oliese a encurtidos baratos y lo tiraban por la borda.
      Sin embargo el comisario llegó tras él, con un cigarrillo entre los labios, consciente de que podía ser el último, porque la nicotina escaseaba. De todas formas, se percató de que la puerta de la Expendeduría estaba totalmente destrozada y tenía todas las señales de haber sido saqueada. Además, el fantoche al que seguía persistentemente desde hace media hora, minuto arriba o abajo, se había colado dentro. Dando la última calada al cigarrillo, se preparó para entrar con el arma en la mano [4].
      En el almacén vacío había un montón de barriles y sacos tirados que, junto a la oscuridad reinante, eran un perfecto escondite para Brandt. Mientras el comisario se dedicaba a un registro concienzudo de todos los envases, pues no había mercancía alguna en la Expendeduría, el misterioso enmascarado puso en funcionamiento su calculadora mente para desarrollar una reacción conveniente a la situación.
      En su cuadrado cerebro se sucedían las imágenes del asesinato de sus padres por una banda de criminales, que había sido imaginado hacía diez años y hacía cinco otra vez, de forma más trágica; su llegada al frente de la compañía pisando alguna cabeza que otra, suceso real; y su culminación como justiciero de Ciudad Barroca, que había soñado tantas veces. La pesadilla de un gran comerciante aburguesado es que el crimen aceche sus posesiones y el subconsciente de Brandt había creado una personalidad paralela que defendiese sus intereses. No rechazaba esta personalidad, la apoyaba con todo su ser. Era una forma de sacarse el estrés acumulado durante todo el día-noche sin sentir remordimientos de conciencia.
      Vermeen revolvió todos los sacos, pero sólo encontró algunos restos de tabaco que, de ser recogidos en su totalidad, permitían la fabricación de un par de cigarrillos caseros. Abandonó el pensamiento y continuó su tarea. Fumar es un vicio de magos, aunque también algunos poderosos pueden permitírselo como signo de autoridad. De hecho él empezó a fumar cuando fue ascendido a comisario y le había cogido el tranquillo tras varias semanas tosiendo sin parar. Y lo malo era eso, que él se había quedado sin tabaco y que Brandt se quedaba sin lugares donde ocultarse. Aquella noche empezaba a ser demasiado larga para ellos.
Bueno, en realidad como todas.

      Por fin el presunto, o presuntuoso justiciero llegó a la conclusión de que lo que hacía era propio de cobardes y salió como una bala de uno de los barriles. Agarró el cuerpo del comisario y le derribó por los suelos. Vermeen se defendió, con toda la rapidez que pudo, dándole una patada en el pecho y alejándose algunos centímetros atrás. Ahora, la luz de las farolas que penetraba por la ventana les permitió observarse mutuamente. El comisario creía que el enmascarado era más alto y más duro; la patada había chocado con una carne muy blanda. Brandt descubrió que Vermeen no era tan viejo como parecía.
      Se levantaron lentamente, sin dejar de vigilarse, y Brandt escupió en el suelo. No sabía porque lo hacía, pero había leído libros donde lo hacían y no iba a ser menos que los personajillos que aparecían en esas páginas. Era real, no era fantasía. Era un héroe, no una persona normal. Y era un cretino, no un justiciero, pero ninguno se lo dijo a la cara porque es muy difícil hablar cuando te están sacando muelas por el antiguo y rápido método manual. Vermeen no escupió porque no tenía ganas. Si hubiese tenido ganas no habría dudado en hacerlo.
      ¡Date preso! –exigió a Brandt.
      -¡Nunca! ¡Yo sirvo a la justicia!
      -¿Y yo no? ¡Yo represento la justicia! ¡Soy la justicia en esta ciudad!
      -¡No! ¡Representas la corrupción! ¡El crimen subsiste gracias a que tú lo permites! ¡Debes ser erradicado como la mala hierba! ¡Sí, eres la mala hierba que está destruyendo Ciudad Barroca!
-¡Hierba! ¿Tenéis hierba? –respondió una cascada voz en la penumbra.

      Los dos contendientes miraron hacia lo que había sido la puerta, que ahora sólo era un boquete más en el almacén de la Expendeduría. Allí vieron una sombra larga, terminada en punta. Dio un confundido paso hacia delante y vio estrellas danzarinas a su alrededor, que interpretaban una coreografía absurda. No estaba en su sano juicio.
      -¡Un mago! –acertó a decir Vermeen, que trataba de evadir los ponzoñosos comentarios del enmascarado.
      -¿No tendréis un cigarrillo? –dijo el mago, que hablaba a las estrellas que le rodeaban.
Tras sacudir varias veces la cabeza, distinguió a las dos formas humanas que había enfrente de él. La cara del comisario le resultaba familiar. Le había visto semanas antes comandando una operación contra el polvotráfico [5], en las costas de Bernina. Él colaboraba con la Policía.
      En aquella ocasión, lo que llegaba a los muelles era una sustancia peligrosa llamada Polvitos Divertidos, que ponía en riesgo la cordura y la salud de los habitantes de Ciudad Barroca. El mago se había lanzado sobre uno de los barcos en un salto mal calculado que le llevó a caer sobre un montón de aquellos nefastos pero, sin embargo, divertidos polvitos.
      Luchando por salir, tras horas de angustia, llegó de nuevo hasta el muelle. Pero ya no era él mismo, su mirada estaba perdida. Vagó durante semanas buscando aquellas sustancias prohibidas y consumiendo millones de cigarrillos. Acabó con el suministro de la ciudad.
      Aunque en ese momento no fumaba, su boca seguía exhalando un humo de color octarino. El humo se expandió agobiante por la sala y, tras el primer bostezo, Vermeen y Brandt notaron que la causa de la epidemia de narcolepsia se encontraba ante ellos, así que decidieron salir del lugar rompiendo una de las ventanas.
      Al llegar a la parte trasera de la Expendeduría, los dos enemigos se pusieron a conversar, pero dejando claro en su tono que había tregua momentánea.
      -Pero, ¿qué le pasa a ese mago? ¿Está drogado o algo?
      -Algo... -respondió el comisario.
      -¿Algo?
      -Cayó en esa droga adulterada con magia negra que viajaba en el barco que hundimos hace algunas semanas...
      -¿El de los Polvos Divertidos? Claro, por eso no me llegó el informe de la compañía...
      -¿Informe?
      -¡Déjelo! ¿Y qué hacemos?
      -Un mago en ese estado es como... como un mono con una hoja de afeitar... de las largas ¡No sé si podemos detenerlo!
      -¿Su magia está fuera de contro...?
      Antes de pronunciar la última letra de la frase, una llamarada azulada quemaba su harapienta capa. El mago estaba flotando por encima de ellos. Brandt salió corriendo y Vermeen no movió un músculo, intentando adivinar en la mirada del siniestro mago el próximo movimiento. Era como descifrar el jeroglífico de una cultura perdida sin tener un diccionario a mano.
      -¡Tranquilo, Borrominus! ¡No te muevas! ¡Necesitas ayuda! –gritó Vermeen aumentando más el nerviosismo del mago.
      -¡Tabaco! ¡Hueles a tabaco! ¡Dame tabaco! –dijo Borrominus, el mago.
      El mago dejó de flotar y descendió a tierra como un rayo. El Comisario decidió usar por fin su arma, y cuando fue a echar mano de ella sólo encontró un ramito de hierbabuena que se agitaba. El ramito se fue dando gráciles saltos ante la mirada de los dos hombres. Borrominus comenzó a dar saltos de rabia.
      -¡No, no, no! ¡Yo quería convertirlo en tabaco, no en hierbabuena!
      Llamas de todos los colores del arco iris y alguno más se encendieron en sus dedos y salieron disparadas hacia todos los lados de la ciudad. Uno impactó de lleno en el Comisario, que cayó dolorosamente sin poder decir nada. El mago, enloquecido de furia comenzó a despedir humo por todos los poros del cuerpo, mientras las diabólicas llamas continuaban brotando de sus dedos y quemaban lo que encontraban a su paso.
 


 
      Brandt volvió con la capa un poco chamuscada, pero apagada, y se encontró el catastrófico panorama. Se acercó al Comisario y lo intentó levantar mientras esquivaba las numerosas llamas que caían sobre ellos. Arrastró el cuerpo malherido de Vermeen hacia una carretilla cercana.
      El comisario sólo se encontraba algo aturdido por el golpe contra el suelo, ya que el cuerpo lo llevaba bien protegido con una armadura ligera. Durante el camino hacia la carretilla logró recuperar el sentido y miró a quien le estaba ayudando. Contempló los ojos de Brandt más de cerca y observó que algo en ese rostro no encajaba bien, o que quizá encajaba mucho mejor de lo que él esperaba.
      Llegaron hasta la carretilla y subieron a ella para intentar ocultarse del enloquecido Borrominus. Lleno de curiosidad, Vermeen deslizó su mano entre los harapos de su rival. Halló formas que no esperaba. También recibió una sonora bofetada. Con eso terminó de recuperar el conocimiento, aunque el golpe fue tan fuerte que estuvo a punto de volver a perderlo.

      Rem Brandt se quitó su antifaz y se vio obligada a contar la historia de su vida. No sin antes cubrir la carretilla con una chapa, que una cosa es hablar, y otra quemarse de mala manera. Mientras seguían oyendo los gritos horribles del mago exigiendo tabaco, ella decidió sincerarse.
      La compañía comercial de su padre en Ankh-Morpork estaba en sus días más aciagos. Pero su decisión de invertir en productos ilegales de contrabando subió sus ganancias en un cincuenta por ciento, al contrario que su honradez, que sufrió un crack.
      Cuando el padre enfermó de Cuento, una enfermedad hipocondríaca que te mata lentamente, sin que nadie te haga caso, se produjo el reparto de la empresa entre sus hijos. A Rem sólo le tocó una pequeña porción de la compañía dedicada a la exportación de encurtidos.
      A sus veintidós años tuvo que enfrentarse a grandes magnates mangantes que dominaban las rutas marítimas y, para ello, llegó a Ciudad Barroca. La suerte le sonrió y pudo aumentar los beneficios, porque aquella ciudad desconocía lo que era la importación a gran escala, ya que la oscuridad hacía que la luz de los faros les saliese demasiado cara. Una acertada inversión en magia industrial para los faros le permitió llegar a convertirse en una empresaria adinerada.
      Pero, en paralelo a esto, había crecido en ella una parte oscura, más oscura que la propia oscuridad. Era casi como lo contrario de la oscuridad, que no es la luz como algunos creen. Tenía que dejarlo libre a veces, pero eso suponía violencia gratuita, en todas sus vertientes, para con sus clientes y el negocio mermaba. Así nació ese fantoche, dedicado a preservar los intereses económicos y morales de la buena sociedad de Ciudad Barroca.
      -¡Señorita Brandt! ¡Nunca hubiese creído que...! ¡Disculpe mis modales!
      -Disculpe usted mis palabras de antes. A veces, ni yo misma puedo controlarme.
      -¡Al que hay que controlar es a ese lunático! Es capaz de destruir la ciudad si no le dan tabaco y... ¡Aparte esa chapa! ¡Está ardiendo!
      Lanzaron la chapa y salieron apresurados de la carretilla para observar un dantesco espectáculo. Se encontraron a Borrominus como desenchufado. Había dejado de sudar humo y ahora estaba sencillamente parado, con un hilillo de baba pendiendo de su boca. Pero el humo octarino no se había esfumado. Continuaba allí, llenando el ambiente y tanto Vermeen como Brandt comenzaban a adormilarse suavemente. Se resistieron con todas sus fuerzas, pero sus músculos ya no eran suyos, alguien se los debía haber llevado de su cuerpo, porque no los sentían.
      Algunas décimas de segundo antes de que se desplomasen en el suelo definitivamente, cuando faltaba el pelo de un calvo para que se durmiesen, un gélido cubo de agua vaciado sobre sus cabezas les reanimó. Después de rebotar un buen rato por todos lados, reconocieron a su salvador, el sargento Caravage, que había despertado de su siesta. A su lado había una figura simiesca, de pelaje anaranjado, que les observaba.
      -¡Sargento, menos mal! –dijo el comisario.
      -No me lo agradezca a mí. Yo había caído presa del hechizo narcótico de ese mago, pero me salvó este simpático mono que viene conmigo.
      -¡Ook! –contestó indignado el mencionado.
      -Creo que es un orangután –corrigió Vermeen.
      -¡Es el Bibliotecario de la Universidad Invisible! –exclamó Brandt.
      El Bibliotecario extendió una tarjeta a los presentes, que le acreditaba como enviado especial a la zona.
      -"Universidad Invisible, Servicio de Desintoxicación de Magos" -leyó Caravage–. Sí, parece lógico.
      -¿Has venido a llevártelo? –preguntó el comisario.
      -Ook –afirmó el Bibliotecario.

      El cuarteto se dirigió con sumo cuidado hasta donde estaba situado el mago, que continuaba inmóvil y con cara de idiota. Parecía que, al fin, la neblina de humo adormecedor había desaparecido. Era una trampa, les esperaba tras la esquina. Desconocedores de ello, avanzaron hasta pararse enfrente de Borrominus. El Bibliotecario recogió al mago y se lo cargó a la espalda como un saco de patatas.
      El humo, mucho más compacto esta vez, salió de su escondrijo y tomó forma sólida, por decirlo de algún modo. Su forma no era una forma, sino una pesadilla con patas. Como una de esas pesadillas por indigestión de garbanzos, o peor. Fue definida al unísono como una Cosa [6].
      -El mago... ¿ha creado eso? –dijo Caravage.
      Tras decir esta obviedad, la Cosa aplasto al sargento con uno de lo que debían ser sus pies. O algo que remotamente podría serlo. Caravage comentó para sí mismo, antes de perder el conocimiento, que aquella no era su noche.
      El Bibliotecario se retiró hacia atrás con el mago a cuestas. También cargó al sargento y corrió como pudo a refugiarse en la carretilla tan socorrida en esta historia, que reposaba allí cerca.
      -¡Pues se acabó! ¡Hoy no voy a huir más! ¡Cosa! –decidió Vermeen.
      La Cosa le miró con un centenar de bolitas grasientas que pendían de uno de sus extremos. No pensó que la amenaza fuera con ella... o con él... o con ello.
      -¡Tiene razón! ¡Hasta ahora hemos defendido la justicia y la ciudad cada uno por nuestro lado! ¡Y hemos sido demasiado egoístas! –dijo Brandt.

      A pesar de no entender una palabra de lo que estaban gritando, el alto tono de voz empleado molestó excesivamente a la Cosa y se dispuso a arremeter contra ellos. Al otro lado del ring, comisario y empresaria se dispusieron a hacer lo mismo y acometieron con toda su fuerza y su voluntad al repugnante ser, formando un clímax ideal sin apenas darse cuenta.
      Y tuvo que ser precisamente en ese momento cuando llegó el amanecer. La luz del día cayó como un torrente desde la montaña y bañó la ciudad de oro [7]. La estructura inestable de la Cosa no aguantó este repentino cambió y la luz junto a su calor consiguieron que en el momento de choque, se fundiese como un gran trozo de mantequilla pasada de fecha.
      Vermeen y Brandt se vieron atrapados en un empalagoso charco de restos de Cosa, pero vivos, que es lo que importa. A alguien con guadaña, que merodeaba por allí sin ser visto, no le gustaba eso.
Se levantaron y se abrazaron emocionados. Habían logrado defender la ciudad uniendo su fuerza y se habían convertido en los héroes del día… perdón…de la noche. El Bibliotecario era el único que conocía la verdadera razón de la destrucción de la Cosa, pero no tenía por costumbre ser un aguafiestas. Se limitó a brincar como un loco tras soltar a los dos hombres.
 


 
      Ese día, la gente despertó con la sensación de haber estado perdiendo el tiempo, como extras dentro de una historia demasiado estúpida como para ser real. La hazaña no fue recordada por nadie y no se escribió en los anales de la historia. La gente no fue más feliz, pero, de todas formas, comió perdiz porque estaba de oferta.
      Aquella noche, desde los muelles de Bernina, al Sur de Ciudad Barroca, un carguero partió hacia Ankh-Morpork, con algunos viajeros de excepción. El Bibliotecario saltaba desde cubierta saludando al comisario Vermeen y al sargento Caravage, que parecía una momia andante. A su lado, sentado encima de algunas cajas de encurtidos, Borrominus aguantaba las ganas de vomitar que tenía, a pesar de no haber zarpado todavía.
      -¿Usted cree que ese pobre diablo se recuperará? –comentó Vermeen.
      -Bueno... al menos ahora tiene el mono... -dijo Caravage.
      -¡Ook, ook! -gritó el Bibliotecario.
      -¡Quise decir orangután! Menudo oído más prodigioso que tiene.
      Ante ellos apareció Rem Brandt, que estaba irreconocible sin sus harapos. Lucía un vestido oscuro y ajustado, que apenas le permitía andar, pero que gustó a todos los marineros del barco de forma unánime. Fue suficiente para que decidiera cambiarse, con tal de no oír los silbidos de la tropa de borrachos que viajaban en ese barco oxidado.
      -¿Se va? –preguntó Vermeen.
      -Sí, vuelvo a Ankh-Morpork hoy mismo. Esta ciudad no está hecha para mí. Saca lo peor que llevo dentro y eso es algo que quiero que permanezca escondido.
      -¿No se estará negando a usted misma?
      -No. Sólo que no me gustaría pasarme el resto de la vida atizando a los quinquis de esta oscura ciudad. Para ser sinceros, la verdad es que su ciudad... ¡Es una verdadera mierda, llena de vicio y corrupción!
      -Puede ser. ¡Pero es mi mierda... mi ciudad, quiero decir!
      -¡Toda suya!
      Y Vermeen recapacitó. Su ciudad sonaba bien. Su ciudad, era su ciudad. Su ciudad era suya de nuevo. Se giró con una sonrisa en los labios y levantó la mano para despedirla.
      -¡Adiós, señorita Brandt!
      -¡Cuídenla bien! ¡Aquí nunca podrá vivir en condiciones la alta sociedad! ¡En Ankh-Morpork las cosas están más organizadas!
      Vermeen continuó pensando. El alcalde era el que gobernaba la ciudad, pero la placa de la Policía estaba en su poder. La ley y la justicia eran suyas. La ciudad era suya. Su ciudad.
      Y ella aún estaba en su ciudad. Un pensamiento irracional y primitivo llegó a instalarse en su cabeza y agarró a Rem por el brazo. La besó con efusividad. Todo el mundo a su alrededor y los lectores más morbosos lo estaban esperando, pero ella no. Una nueva bofetada con todos los dedos y anillos resonó en la cara de Vermeen, que cayó encima de las tablas del muelle con una sonrisa de oreja a oreja. Su ciudad.

      El barco zarpó poco después y empezó a alejarse hasta ser sólo un puntito en el Mar Circular. El comisario se levantó, tras permanecer un rato sentado, y contempló como se reducía el carguero en la distancia. Caravage se alejó lentamente del muelle para volver a su casa. Había cogido una baja laboral y no pensaba soltarla en mucho tiempo.
De nuevo, en su ciudad, el Insigne y Respetado en Cierta Manera Comisario Vermeen de Feldt se erigió como el único justiciero, el único hombre de ley. Los sobornos volvieron a llegar pronto a su bolsillo con la regularidad acostumbrada y Ciudad Barroca fue menos próspera que nunca. Cuanto más grande era la oscuridad en aquella ciudad, más grande era la oscuridad en aquella ciudad.
      -¡Me gusta esta mierda... esta ciudad! –repetía cada día.
      Por otro lado, en Ankh-Morpork se rumoreaba que alguien había evitado seis atracos seguidos sin despeinarse y liquidando a todos sus adversarios con una sangre demasiado fría para ser la de un ser humano. Pero, ¿lo era? ¿O era un lagarto asesino? No, era alguien vestido con harapos.
      Borrominus consiguió dejar su adicción, ayudado en todo momento por el Bibliotecario, que le cedía cada día parte de su ración de cacahuetes para aliviar su abstinencia, y pudo volver a fumar tabaco como un mago normal, con toda una carraspeante vida por delante.
      Como último apunte destacado, los recolectores de moralejas de la Sierra del Relato Corto obtuvieron muy mala cosecha aquel año.

  Notas al Margen

Este relato corto es una parodia de las infames aventuras de Batman, ese supuesto héroe que se pavonea por las noches en la tenebrosa Gotham City (Ciudad Gótica, según algunos doblajes), adaptadas a un mundo en forma de disco que viaja por el Universo a lomos de una gran tortuga y sostenido por cuatro elefantes.

Si queréis saber de donde han salido todos estos nombres tan grotescos (Vermeen de Feldt, Caravage, Rem Brandt, Borrominus y Bernina) solo tenéis que coger un libro sobre Arte y mirar el apartado correspondiente al Barroco.

En calidad de fumador pasivo, que nunca en su vida ha probado un cigarrillo, espero que aquellos que conocen las características de este vicio de cerca perdonen las incorrecciones cometidas por ignorancia. También les animo a que lo dejen.


 

Fin

 
Notas al pie:

1: Se dice que en Ciudad Barroca la magia funcionaba con pilas. Con pilas de magos asalariados creando hechizos en cadena. Pero se dice, que no quiere decir que sea necesariamente verdad. Volver.
2: Yo que tú, lo buscaría en el diccionario. Sí, ese libro tan fascinante que lleva años decorando tu estantería. Volver.
3: Estos cirujanos eran tan perfectos que la gente no los consultaba mucho. Preferían llenar los sucesos de la ciudad de cierta intriga, en vez de aburrirse oyendo explicaciones muy plausibles, pero poco emocionantes. Volver.
4: Muchos se preguntaban qué clase de arma usaba Vermeen, el comisario, el oficial de la Policía con más poder de la ciudad. Nosotros también nos lo seguiremos preguntando. ¿Quién sabe si algún día lo descubriremos? Volver.
5: Algunos magos sin mucha ética se dedican a adulterar con magia negra grandes cantidades de leche en polvo, produciendo Polvitos Divertidos. Nunca hagáis caso a un mago que os ofrezca polvitos mágicos desinteresadamente. Y menos si lo hace interesadamente. Volver.
6: El mago, con su uso descontrolado de la magia, había convocado a un ser de las Dimensiones Mazmorra, que no esperaba aparecer en una historia de tan bajo presupuesto y estaba considerablemente molesto. Volver.
7: Metafóricamente, por supuesto. Volver.

 

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