El sol empezó a dejarse ver por las calles de Ankh-Morpork, aunque en realidad no tenía ninguna gana de hacerlo. Llevaba toda la noche debajo del Disco, y la escalada se le hacía muy difícil.
Unas cuantas personas muy madrugadoras o muy trasnochadoras caminaban a saltitos entre toneladas de residuos de las calles, que en unas horas la tormenta que se acercaba se encargaría de barrer hacia el río Ankh.
Hasta aquí, todo normal.
Booom.
El primer alquimista en despertarse ya había tenido la primera magnífica idea del día. La explosión despertó a los demás trabajadores de la calle de los Alquimistas, que de inmediato reanudaron los experimentos que habían dejado la noche anterior.
BUENOS DÍAS -la puerta del Tambor Remendado se abrió de golpe. La típica escena habría sido los rayos del sol filtrándose a raudales por la puerta, pero la sombra que se recortaba en el umbral obligaba a la luz a mantenerse a una distancia prudente.
-Ook. -respondió el Bibliotecario de la Universidad Invisible, en voz baja para no despertar al posadero, que dormía plácidamente sobre la barra. El simio destapó una botella de contenido inidentificable y llenó dos copas.
NO, GRACIAS. ESTOY DE SERVICIO -explicó la figura, mientras la túnica negra que vestía flotaba a su alrededor, confiriéndole aspecto sobrenatural. Despacio, caminó hacia el orangután entre sonidos similares al que harían dos quilos de anillos al chocar contra una pared.
-Ook -insistió el Bibliotecario.
¿LA ÚLTIMA COPA? -el recién llegado metió una esquelética mano entre los pliegues de la siniestra vestimenta y extrajo un reloj de arena cubierta de grabados de bananas- NO. AÚN TOMARÁS MUCHAS MÁS.
El Bibliotecario emitió la versión simiesca de un suspiro de alivio y vació su copa de un ruidoso trago.
-¿Oook?
ME VES PORQUE YO QUIERO QUE ME VEAS -aclaró la Muerte, sacando un nuevo reloj de arena de su túnica. El objeto guardaba un curioso parecido con una probeta. Quedaba muy poca arena en la parte de arriba-. MIERDA. SE ME HACE TARDE. ¿PUEDES DECIRME DÓNDE ESTÁ LA CALLE DE LOS ALQUIMISTAS?
-Ook.
GRACIAS.
La Muerte se desvaneció en el aire.
El Bibliotecario movió un brazo más largo que su propio cuerpo y alzó al posadero por el cuello de la camisa. El hombre se despertó un instante, tendió una bolsa de cacahuetes al orangután y se durmió de nuevo.
Sorteando los cuerpos tirados en el suelo de los borrachines que despertarían en breve para seguir bebiendo y los de las víctimas de peleas del Tambor Remendado, que no volverían a despertar, la figura retaca y similar a un saco de cuero con apéndices se encaminó a la salida. La curiosidad le movía a la calle de los Alquimistas.
Boooom.
Una explosión con una "o" más de lo normal, y un alquimista histérico que surgió de entre las humeantes ruinas de su laboratorio. Estaba desnudo, señal inequívoca de que había estado dándose un baño cuando encontró la inspiración que le llevó a volar su casa. Al parecer, buscar la inspiración en la bañera estaba muy de moda en el extranjero. Menos mal que el extranjero estaba muy lejos de Ankh-Morpork.
¡Eureka! -gritó Abmuz, el alquimista, sacudiéndose la barba embarrada con una mano y esgrimiendo un cascote con la otra- ¡He encontrado la Piedra Filosofal!
La Muerte recorrió silenciosamente la calle. Hasta el humo de la explosión se apartaba a su paso. Blandía en la diestra una guadaña que cortaba la respiración.
El feliz alquimista fijó los ojos en el vacío, con expresión de sorpresa. La guadaña surcó el aire hasta el cuello del científico produciendo un desagradable silbido, que por suerte los oídos mortales jamás podrían escuchar.
-Oh, mierda -dijo Abmuz. Luego murió.
El alquimista se desplomó y el brillante canto rodado se escurrió de su mano. Alguien le había hundido hasta el mango un puñal en la espalda.
Y Alguien apareció detrás de él. Era Brebajes Slid, considerado el mejor alquimista de todo Ankh-Morpork (mayormente porque hacía volar su casa más veces y más ruidosamente que los demás).
La locura brillaba en sus ojos mientras sus manos temblorosas aferraban la Piedra Filosofal. Sabía que si el Gremio de Asesinos se enteraba de lo que acababa de hacer, probablemente sería inhumado por matar sin licencia.
-Yo encontré la Piedra Filosofal -aclaró Brebajes a un simio que contemplaba la escena con interés.
-Oook -asintió el Bibliotecario, masticando ociosamente un puñado de cacahuetes.
-Estoy muerto -se asombró Abmuz, mirándose las manos y descubriendo que podía ver el suelo a través de ellas.
SÍ.
-No creí que estar muerto fuera así.
¿NO?
-Pensé que podría volar, y embrujar castillos, y eso.
NO.
-Oh -lanzó una mirada preocupada con sus ojos inmateriales a su cadáver, a Brebajes y al simio-. Justo cuando encuentro la Piedra de la vida eterna, va ese cochino envidioso y me mata. La vida no es justa.
LA JUSTICIA NO EXISTE. SÓLO EXISTO YO -sentenció la Muerte. Chasqueó los dedos con un sonido que no tenía nada que envidiar a unas castañuelas, y apareció ante ellos un caballo tirando de una fantasmal carroza.
-¿Qué va a pasar ahora? -inquirió el alma del alquimista, cada vez más transparente.
DEPENDE DE TI -la portezuela del carruaje se abrió, y la Muerte invitó a Abmuz a entrar con un amplio gesto del descarnado brazo.
-¿De verdad?
SÍ.
-Oh.
AHORA, SI ERES TAN AMABLE DE ACOMPAÑARME...
-Supongo que no tengo elección.
NO.
La esencia del científico subió al vehículo. La esquelética figura de la Muerte flotó con gracilidad hasta el pescante y azuzó al caballo con un látigo.
VAMOS, BINKY. A CASA.
Sin hacer ningún ruido al golpear los cascos contra la capa de basura que asfaltaba las calles de Ankh-Morpork, el caballo desapareció en la oscuridad, arrastrando su espectral carga con él.
Alrededor del cadáver de Abmuz se agolpaban ya un par de decenas de colegas. Ah, y un simio.
-Diablos...
-Está muerto.
-Asesinado.
-Sí.
-Ook.
-¿Cómo dices?
Que nuestro compañero había encontrado la famosísima Piedra Filosofal, objetivo de todos los alquimistas sobre la faz de la tierra; pero que llegó un tío con un cuchillo y le mató y le robó la piedra y se fue corriendo.
-¿Le robó antes o después de matarle?
-Después. Creo.
-Ook.
-Ah.
-¿Avisamos a la Guardia?
-Vale.
-Muy bien. ¿Algún testigo presencial? -inquirió el capitán Vimes.
-Sí, señor. El mon... simio, señor -puntualizó Colon, mirando de reojo al Bibliotecario, que comía cacahuetes cómodamente instalado en un sillón de la Casa de la Guardia.
-¿Y qué dice?
-Dice "ook", señor.
-¿Ook?
-Sí, señor.
-Trae a Zanahoria -ordenó Vimes, quitándole a su subordinado el vaso que había sacado de un cajón y que se disponía a rellenar de espumosa cerveza.
A regañadientes, Colon cumplió la orden y Zanahoria se presentó, irritantemente veloz, irritantemente marcial y con la armadura irritantemente limpia y brillante.
-Interroga al testigo -le dijo Vimes, señalando al Bibliotecario-. Han matado a un alquimista de una puñalada.
-En la calle de los Alquimistas -precisó Nobbs, que leía un periódico puesto al revés dentro del que se escondía revistas indecorosas.
-Eso -asintió Colon, recuperando su vaso a hurtadillas.
-Sí, señor.
-Veamos, señor...
-Ook.
-Eso es, señor Ook. ¿Puede contarme todo lo que vio? -comenzó el interrogatorio el joven Zanahoria, apuntando el nombre del testigo en una libreta.
-Oook. Ick. Ook.
-Ajá. ¿Algo más? -preguntó, mientras garabateaba las tres sílabas y su traducción.
-Ook.
-¿Dónde podemos encontrarle si necesitamos hacerle más preguntas?
-Ack.
-Pero la Universidad Invisible es sólo para magos.
-O-ok.
-El Tambor Remendado. De acuerdo. Gracias, señor... Ook.
-Ook.
-¡Yo pensaba irme de puente! -protestó Nobby, una vez estuvieron lo suficientemente lejos de la Casa de la Guardia para que Vimes no pudiera oírles-. ¡Iba a hacer un recorrido turístico por la legendaria Efebia! ¡Sol! ¡Playa! ¡Templos! Pero no, claro. El idiota de Nobbs tiene que conseguir que le maten metiendo la nariz en cosas de alquimistas -refunfuñó un rato más, apretando el paso para alcanzar al emocionado Zanahoria.
-Yo iba a hacer horas extra -dijo éste-. Así que no me importa hacerme cargo de mi primer caso de asesinato.
-¿Horas extra? ¿En la Guardia de Ankh-Morpork? Nunca aprenderás, muchacho.
-Hago todo lo que puedo para aprender rápido, señor -indicó Zanahoria, henchido de orgullo.
-Claro, claro.
Los dos guardias llegaron a la desierta calle de los Alquimistas. En el punto donde se había hallado el cuerpo de Abmuz, alguien había dibujado una grotesca silueta con tiza.
-Muy bien. ¿Por dónde empezamos, señor?
-Mira chaval, lo principal es no precipitarse. Sólo porque un mono te halla dicho que Brebajes Slid ha matado a éste tipo, no quiere decir que podamos ir a su casa y detenerle -explicó Nobbs.
-Simio, señor, no mono. Y según las ordenanzas del año del Escarabajo Acuático, sección doce, barra nueve del artículo segundo sobre asesinatos, un testimonio es suficiente para detener a un hombre -recitó Zanahoria.
-¿Dice algo sobre el testimonio de simios? -inquirió mordazmente Nobby.
-No, pero...
-Claro que no. Entonces déjame a mí, que soy el que manda. Hay que buscar pistas.
-Pistas -repitió el aprendiz de guardia, memorizando las complejas instrucciones.
-Eso. Hala, busca.
Y dicho y hecho, Zanahoria se puso a cuatro patas y comenzó a levantar y examinar hasta el último peñasco de la zona.
-Lo haces muy bien, chico. Eres un busca-pistas genial -le felicitó Nobbs, sentándose en una de las rocas que habían constituido el laboratorio del difunto alquimista. Encendió un cigarro, y después se felicitó a sí mismo por su brillante idea. Cinco minutos después, Zanahoria levantó la cabeza del suelo.
-¿Señor?
-¿Sí? -farfulló Nobby, molesto por la interrupción de su tranquilo descanso.
-¿Cómo reconoceré una pista si la veo, señor? -preguntó Zanahoria, evidentemente avergonzado de su ignorancia.
-Oh, pues suelen llevar escrito el nombre del asesino, o son regueros de algo que conduce hasta su guarida.
-Gracias, señor.
-De nada, muchacho.
-¿La Piedra de la vida eterna?
-Sí, archicanciller -asintió el tesorero.
-¿Cómo lo sabes?
-Me lo dijo el Bibliotecario, archicanciller.
-¿Qué te dijo? -preguntó Ridcully, mosqueado.
-Dijo "Ich, ook". Me parece... Sí, creo que esas fueron sus palabras exactas, señor.
-¿Soy el único que no entiende el idioma mandril? -bufó el archicanciller enfurecido, dando un fuerte puñetazo en la mesa que hizo saltar por los aires varias docenas de papeles sin firmar.
-Orangután. Idioma orangután -corrigió el tesorero, sin dejarse intimidar por la ira de su superior.
-Lo que sea. Con esa piedra filosofal, los alquimistas vivirán más que los magos, ¿no es así?
-Creo que sí.
-¡Tenemos que conseguirla!
-Sabía que dirías eso, archicanciller -aseguró el mago con una sonrisa complacida.
-¿Y? -exigió saber Ridcully.
-Y me he tomado la libertad de preparar un Certificado -le explicó el tesorero, con cara de poker.
-¿Pensando en comer ahora, tesorero? -refunfuñó el archicanciller, enfadado. Ni por toda la magia del mundo habría admitido que no sabía lo que es un Certificado, pero el tesorero ya estaba acostumbrado.
-Solo tienes que firmar aquí -aclaró, señalando un pequeño espacio en blanco en un pergamino lleno de caligrafía apretada e ininteligible-. Certifica que un grupo especializado de magos puede abandonar la Universidad para conseguir la piedra, archicanciller.
A regañadientes, Ridcully metió la punta de su pluma (de escribir, no es que el archicanciller tuviese plumas) en un tintero y estampó su firma en el lugar indicado. Sin esperar un segundo, no fuera a ser que Ridcully se arrepintiese, el tesorero de la Universidad Invisible salió trotando hacia la Sala No-Común.
Para fastidio de Nobbs, el joven Zanahoria había encontrado una Pista. Una huella. Y detrás otra. Y así muchas. Nada más descubrirlas, el ilusionado guardia las siguió a toda velocidad, dejando atrás a Nobby, menos entusiasta y en peor forma.
-¡Tranquilo! ¡Las huellas no saldrán corriendo! -había gritado en vano, tratando de detener a Zanahoria-. ¡Seguirán aquí si nos vamos a tomar una cerveza y volvemos en un rato! -intentó a la desesperada, pero el muchacho ya no le oía-. Mira que se lo he dicho mil veces. Nunca corras demasiado rápido. Pues hala. Logrará que le maten -farfulló mientras se frotaba las doloridas rodillas y seguía, renqueante, las huellas de Zanahoria.
-¿Estás seguro?
-Ook.
-Entonces yo también iré a por ella.
El hombre que acababa de hablar se levantó de la butaca, se puso sobre la cabeza un ajado sombrero con la palabra "Echicero" grabada entre estrellas y planetas y tropezó con el dobladillo de la túnica.
-Ook. Ok.
-¿En serio? Te lo agradezco. Pero no podemos dejar la Biblioteca sin vigilancia e irnos ambos a por la Piedra Filosofal -dijo Rincewind, poniéndose en pie con ayuda del Bibliotecario y sacudiéndose un poco el polvo-. Alguien podría entrar y perderse en un agujero temporal, o algo así.
-Aack.
-No había pensado en eso. Tienes razón, vayamos.
-¡Enviad a los mejores hombres! ¡Quiero esa piedra aquí esta noche! -rugió el Patricio a su primer consejero.
-La Guardia de la Ciudad trabaja en ello, señor.
-¡Por eso! ¿Qué se puede esperar de esos ineptos?
-Tal vez les falta motivación, señor -sugirió el consejero, un hombre achaparrado y enjuto, calvo como una bola de billar y barbilampiño.
-¡Motivación! -exclamó Lord Vetinari-. ¡Quince dólares al mes de por vida al hombre que me traiga la maldita piedra! ¡Que corra la voz!
-¿Quince dólares? -Nobby pegó un respingo ante la sola mención de tamaña cantidad de dinero.
-Eso he oído, cabo Nobbs -Y-Voy-A-La-Ruina Escurridizo volteó con habilidad unos panecillos en la sartén de su puesto ambulante-. ¡Salchichas calientes y casi sin grasa! ¡En panecillo! ¡Con salsa!
-¡Deja de gritarme al oído! -exigió Nobbs, retrocediendo un paso. Después de la infructuosa carrera tras Zanahoria, el guardia se había dado por vencido y entró en la primera taberna que encontró, para recuperarse con unas cervezas. Obviamente, en cuanto recobrase el aliento tenía la firme intención de salir y seguir buscando a Zanahoria. Y entonces encontró a Ruina-. ¡Quince dólares! -exclamó de nuevo, llevándose las manos a la cabeza.
-Sí. Pero debería darse prisa si no quiere que alguien se le adelante. Hay montones de gente en la calle de los Alquimistas, buscando Pistas. ¿Quiere una supersalchicha caliente? ¡En panecillo!
Nobby ya se había ido.
|