La Concha de Gran A'Tuin -- Diversiones -- Gremio de Artesanos -- Relato

Casualidades

Por Venus Death.

Historia ambientada el el Mundodisco (© Terry Pratchett).


      He aquí un hombre desgraciado, que se ha quedado sin amigos, sin familia, sin nada de valor, estaba más solo que un leproso... estaba muerto. Tenía una herida muy profunda en el estómago y había un gran charco de sangre coagulada alrededor y un rastro de ésta que se perdía en la lejanía, como si alguien lo hubiera llevado arrastrando hasta allí. Diremos que también estaba tumbado en una calzada, boca arriba y era de noche.
      Pero no se preocupen, era normal, pues se trataba de un turista, un hombre que venía de visita a la ciudad más grande del mundo, Ankh-Morpork, y que, además, se había atrevido a pasear por calles que ni un gato salvaje frecuentaría.
      La cosa es que llevaba muerto más de tres días y no es que estuviera en un callejón remoto, o tras los escombros escondido, sino en una de las calles más frecuentadas de la ciudad, la Calle de la Cerveza. Claro que, la mayoría de transeúntes (si se le puede llamar transeúntes a los ciudadanos de Ankh-Morpork) pensaban que se trataba de un borracho y le dejaban en paz.
      Por lo visto, un día una vecina se quejó de que olía mal, y para quejarse de que olía mal en Ankh-Morpork tenía que oler MAL. La guardia de la ciudad... o bueno, esas personas que dicen pertenecer a la Guardia de la Ciudad, acudieron después de dos días al lugar donde aquel pobre cadáver estaba pudriéndose. Pretendían llevarse el cuerpo sin más, pero un veterano guardia decidió ejercer un poco su oficio y hacer unas preguntas a la vecina que les había llamado.
      -Bien, señora, no se preocupe, ya nos encargamos de esto -dijo el guardia señalando el cadáver con asco-. Antes de marcharnos me gustaría hacerle unas preguntitas. ¿Sabe cuanto tiempo lleva eso ahí tirado?
      -No tengo ni idea, pero por el estado de descomposición, las inflamaciones y los jugos post mortem parece llevar unos cuantos días -dijo la señora con aire de entendida.
      -Vale, no importa que especule, le dejaremos ese trabajo a los profesionales -dijo el guardia mientras parecía leer una libreta sucia y arrugada [1]-. ¿Le ha parecido ver a alguien sospechoso últimamente?
      -Bueno, tratándose de una calle conflictiva, donde el grado de delincuencia es bastante elevado... ¿a usted que le parece?
      -Bien...ningún sospechoso -murmuró el guardia mientras pasaba las hojas llenas de manchas de grasa-. Bueno, no se preocupe, ahora sólo tiene que volver a su casa y cerrar bien las puertas...si ocurre algo no dude en llamarnos.
      -Pero oiga...
      -No se preocupe, señora, estamos aquí para velar por su seguridad.
      -Pues más me vale hacer testamento ahora mismo -dijo la señora para sí misma.
      Los guardias, tres en total, eran los encargados de la protección de aquel sector de la ciudad. Sí, ser guardia en Ankh-Morpork era...delicado, sobretodo contando con que el número de criminales profesionales dobla al número de guardias (por no hablar de los criminales no profesionales), pero a decir verdad, no había muchas bajas en el cuerpo, ya que nunca solían ser una molestia para los ladrones y asesinos. Un famoso escritor llegó a decir que "la guardia es algo simbólico, algo que debe estar aunque no haga falta,...como la religión".Claro que, formar parte de algo simbólico también tenía su mérito, ¿no?
 
 
      El veterano guardia, Destrel, era un tipo que tenía tanto pelo en la cabeza como en el pulgar de su pie derecho, era mayor,...bueno, unos cuarenta y cinco años, soltero y sin compromiso, más bien feillo y bajito, aunque no regordete. Era un hombre que le gustaba el orden y la disciplina, aunque hay que decir que no era muy exigente, y también era un hombre de principios...o eso solía decir.
      Cuando se presentó con el cadáver su superior le dijo que lo dejara en la sala del forense y que se podía marchar, pero él replicó:
      -Pero, señor, se ha asesinado a un hombre y hay que encontrar al culpable.
      -Bueno -dijo el otro en un suspiro y con los ojos entrecerrados-, averigüe quién lo mató.
      Destrel salió de su barracón, con sus tres hombres, y se dirigió a la Calle de la Cerveza dispuesto a resolver el crimen. La cuestión es que tres guardias, apostados en un tejado tenían menos posibilidades de encontrar a un asesino que un capitán de barco encontrar una pirámide en el Mar de Ku, pero en fin...
      -Capitán, ¿no cree que deberíamos haber revisado el cadáver en busca de pistas?
      -Cabo... -dijo solemnemente Destrel-. No se encuentra trabajo esperando en casa, se encuentra en las calles.
      -Pero... -el Cabo Segundo, conocido también con el nombre de Frigu, era un tipo de unos treinta años, con una mata de pelo pajizo y furúnculos pilosos por todo el rostro, era alto y delgaducho y sí, parecía que tenía catorce años-. Señor, por esta calle pasan miles de personas al día, la mitad son delincuentes... ¡Es imposible que encontremos al asesino en concreto!
      -¿Has oído hablar de la casualidad, Cabo? -preguntó el Capitán mientras se encendía un cigarrillo.
      -Yo sí, señor -dijo el Cabo Primero, un hombre joven, alto, apuesto y atractivo, aunque algunos dirían que algo inocentón y torpe-. Mi madre me dijo que la casualidad es como una lata de aceitunas: Te puede tocar una buena o una pasada.
      -Mmm... no es un buen ejemplo que digamos, Cabo Primero, no... pero yo hablo de la Casualidad como ente -dijo el Capitán. Las miradas de sus hombres se clavaron en él, esperando la iluminación-. La casualidad es como una enfermedad, o como la muerte: Va rondando por ahí y de repente te toca, por eso hay que estar ojo avizor, nunca sabes cuando va a llegar.
      -Bueno, no está mal, Capitán -dijo el Ayudante, un joven de diecisiete años, gordo como una sandía y con unos ojillos de hurón-, pero, ¿no cree que a lo mejor nunca llegará?
      -Tarde o temprano, hijo... tarde o temprano llegará -dijo mirando la puesta de sol-, quizás ya ha pasado por aquí y ni siquiera la hemos visto.
      -Si lo que quiere decir es que esperemos a que la Casualidad nos ilumine... -dijo el Cabo Primero con las cejas fruncidas, intentando pensar-, no sé... a lo mejor podemos tirarnos aquí en el tejado años.
      -Pero para eso estamos aquí, para coger a un asesino y, tarde lo que tarde, lo encontraremos -respondió el Capitán con la mirada perdida en la lejanía.
      Los últimos rayos del sol se deslizaron por las ropas sucias de los guardias y, al cabo de unos largos minutos de silencio...
      -Señor, está oscureciendo, ¿no deberíamos encender una linterna o algo por el estilo? -propuso el Cabo Primero-. Apenas puedo distinguirle.
      -Sería de tontos, delataríamos nuestra aventajada posición.
      -Bueno, pues... nada.
      -Un momento -dijo Frigu-. Si estamos hablando de casualidades, también deberíamos tener en cuenta las probabilidades... -el Cabo habló demasiado deprisa, intentando retener los pensamientos-. Quiero decir que hay una probabilidad de que la casualidad nos ilumine.
      -¿Estás diciendo que es probable que descubramos al asesino? -preguntó el Ayudante con los ojos muy abiertos... a causa de la oscuridad.
      -No... -intervino el Cabo Primero-, lo que está intentando decir es que hay más probabilidades de encontrar al asesino por nuestra cuenta que esperar a que la casualidad lo haga.
      -Ninguno de los dos me ha entendido -replicó Frigu soltando un suspiro-, lo que estoy intentando decir es que la Casualidad es una realidad y que, como todo en la vida, se mide por la probabilidad, porcentajes... o sea, que cuál es la probabilidad de que la casualidad venga a este tejado.
      -Bueno.... -comenzó el Cabo Primero-, creo que para calcular algo hay que tener en cuenta las cantidades, pero... ¿qué cantidad de casualidad hay en Ankh-Morpork?
      -Hombre, se trata de una ciudad con muchos habitantes, con mucha variedad de oficios, perritos calientes, perversión...la cantidad de casualidad es enorme -dijo el Ayudante con voz de convencimiento-. Bueno... creo.
      -Exacto, es una ciudad grande, por lo que influyen innumerables factores que se deberían de tener en cuenta, pero bueno... Una cifra más o menos sensata será suficiente.
      -¿5000?
      -No está mal -dijo Frigu sonriendo-, ahora necesitamos una cifra para determinar la probabilidad de que la casualidad venga a parar a este tejado en concreto.
      -¿8945675? -apuntó el Cabo Primero.
      -No está mal, Cabo, bastante realista... sí -el Cabo Segundo parecía divagar para sus adentros, murmurando cifras y cosas inteligibles. Los otros esperaban, con expresiones de haber descubierto algo por casualidad-. Sí, ahora sólo falta una constante de error, para tener en cuenta el factor humano y esas pequeñeces científicas... pongamos,... 12,134 -Frigu comenzó a registrarse entre sus bolsillos-. Necesito papel y carboncillo.
      -Aquí tiene, Cabo -dijo el Ayudante extendiendo lo requerido.
      -Perfecto... entonces si sumamos esto y... llevo una... se divide entre esto... el resto es logaritmo neperiano de 12 y... la derivada es 789,0003... ¡¡¡Bien!!! Lo tengo -exclamó el Cabo Segundo alzando las manos en un gesto triunfador-, la probabilidad de que la casualidad pase por aquí es de 765.3675.984.990 [2].
      -Pero... estooo... ¿no es demasiado? -dijo el Ayudante-, quiero decir que, ¿no pasará mucho tiempo hasta que la casualidad venga?
      -Bueno, pero ahora hay que calcular la posibilidad de que sea probable que la casualidad llegue... y luego que la casualidad nos diga quién es el asesino, porque a lo mejor la casualidad bien puede tener otras intenciones.
      -Bueno, Capitán, ¿qué le parece lo que hemos avanzado en la investigación? -preguntó el Cabo Primero a la oscuridad. Hubo un silencio. Se oyó un aleteo a lo lejos. Más silencio. Alguien maldijo a lo lejos. Silencio. Silencio-. ¿Capitán?
      -Que alguien encienda una lámpara... sin calcular la posibilidad de que la llama decida saltar y colarse en los pantalones del vecino -dijo el Ayudante. Nadie dijo nada ni se oyó ningún ruido-. Está bien, lo haré yo -el Ayudante manipuló su bolsa y comenzó a frotar la yesca-. ¡Maldita sea, me ha salpicado una chispa en la nariz!
      Al cabo de un rato hubo luz, poca, pero la suficiente para revelar el cuerpo del Capitán, tumbado boca a bajo, con un cuchillo clavado en la espalda y una nota adjunta que decía: "Al parecer, la casualidad está de mi parte".
      -Bueno... la casualidad estuvo cerca -dijo Frigu mientras examinaba las cuentas con aire ausente.
-Sí... -dijo el Cabo Primero mientras le cerraba los ojos al Capitán.
 

Fin

 
Notas al pie:

1: Supongo que estarán familiarizados con esa clase de libretitas (yo sí). Al parecer se entregan el día de la graduación y han de durar toda la vida, ya que no hay presupuesto para recambios. Volver.
2: No se extrañen, en los cursos para acceder a la Guardia de la Ciudad (vamos, oposiciones) se han de tener unos estudios de matemáticas muy elevados y me imagino que saben por qué, ¿no? Volver.

 

Página Principal Diversiones Gremio de Artesanos Arriba

Esta sección de La Concha de Gran A'Tuin está escrita por Venus Death.