La Concha de Gran A'Tuin -- La Biblioteca de Ankh-Morpork

La Biblioteca de Ankh-Morpork

Fragmento de Maskerade

Copyright © Terry y Lyn Pratchett 1995
Traducción: Manu Viciano 2001


 
        Tata Ogg se equilibró encima de una silla y bajó un objeto oblongo envuelto en papel.
        Yaya la miraba fijamente con los brazos cruzados.
        - El asunto es -murmuró Tata bajo la mirada láser- mi difunto marido, recuerdo que una vez me dijo, después de cenar me dijo: "¿Sabes, Mamá? Sería una pena que todas las cosas que sabes desaparecieran cuando lo hicieras tú. ¿Por qué no escribes algunas cosas que sepas?" Así que, cuando tenía un momento, iba escribiendo algunas cosas, y entonces pensé que estaría bien que se hiciera como debe ser y lo envié todo a la gente del Almanaque, en Ankh-Morpork, y apenas me cobraron nada y poco después me enviaron esto, yo creo que han hecho un buen trabajo, no me explico cómo ponen todas las letras tan...
        - Has hecho un libro -dijo Yaya.
        - Sólo de cocina -dijo Tata mansamente, como alguien implorando el perdón por ser su primer delito.
        - ¿Y tú qué sabes de cocina? Si apenas cocinas nunca -dijo Yaya.
        - Hago especialidades -dijo Tata.
        Yaya miró al volumen en cuestión.
        - El Placer de la Comida -leyó en voz alta-. "Por Una Bruja de Lancre" ¡Ja! ¿Por qué no le pusiste tu nombre, eh? Los libros han de llevar nombre para que todo el mundo sepa quién es el culpable.
        - Es mi gnome de plum -dijo Tata-. El Sr Cabrero, el del Almanaque, me dijo que haría que sonara más misterioso.
        Yaya enfocó su mirada de zafiro a la parte inferior de la portada, donde se leía, en letras muy pequeñas: "CXXVII Impresión. ¡Más De Veinte Mil Vendidos! Medio dólar".
        - ¿Les enviaste dinero para que te lo imprimieran? -preguntó.
        - Sólo un par de dólares -dijo Tata-. Y bien que los aprovecharon. Y encima me devolvieron el dinero después, pero se equivocaron y me dieron tres dólares de más.
        Yaya Ceravieja no era nada literaria, pero sí era muy numérica. Asumía que cualquier cosa que se escribiera era probablemente mentira, y eso también se aplicaba a los números. Los números los utilizaba solamente la gente que te quería poner uno.
        Movió los labios en silencio mientras pensaba en números.
        - Ah -dijo en voz baja-. Y eso fue todo, ¿no? ¿Nunca volviste a escribirle?
        - Nunca jamás. Eran tres dólares, oye. No quería que me dijera que se los devolviese.
        - Ya veo -dijo Yaya, todavía inmersa en el mundo de los números. Se preguntaba cuánto costaría hacer un libro. No podía ser mucho: tenían una especie de prensas que hacían todo el trabajo-. No tendrás un lápiz por ahí, ¿verdad? Con eso de que eres una persona literaria...
        - Tengo una tablilla -dijo Nana.
        - Pásamela.
        - La tengo por si acaso me despierto de noche y se me ocurre alguna idea para una receta -dijo Tata.
        - Bien -dijo Yaya vagamente. La tiza chirrió al moverse por la tablilla. El papel ha de costar algo. Y seguramente hay que dar un par de peniques a alguien para que lo venda... Las cifras angulares bailaban de columna en columna.
        - Voy a hacer otra taza de té, ¿de acuerdo? -dijo Tata, aliviada porque la conversación parecía haber llegado a un final pacífico.
        - ¿Mmmm? -dijo Yaya. Miró fijamente el resultado y lo subrayó dos veces-. Pero te lo pasaste bien, ¿verdad? -dijo en voz alta-. Escribiéndolo, digo.
        Tata Ogg asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
        - Sí, ya lo creo. El dinero no importaba -dijo.
        - Nunca has sido muy buena con los números, ¿eh? -dijo Yaya. Ahora dibujó un círculo alrededor del resultado final.
        - Ya me conoces, Esme -dijo Tata alegremente-. No sabría ni sumar dos y dos.
        - Eso está muy bien, porque creo que este Señor Cabrero te debe un poquito más de lo que te ha dado, si es que queda justicia en el mundo -dijo Yaya.
        - El dinero no lo es todo, Esme. Es lo que yo siempre digo, que mientras se tenga salud...
        - Creo que, si queda justicia, son unos cuatro o cinco mil dólares -dijo Yaya tranquilamente.
        Llegó un estruendo de tazas rotas desde la cocina.
        - Así que menos mal que el dinero no lo es todo -continuó Yaya-. Sería algo horrible, si no. Todo ese dinero, siéndolo todo.
        La cara blanquecina de Tata Ogg apareció por el marco de la puerta.
        - ¡No puede ser!
        - Podría ser un poco más.
        - ¡No puede ser!
        - Sólo hay que sumar y dividir y eso.
        Tata Ogg miraba con terrible fascinación sus propios dedos.
        - ¡Pero eso es una...! -se detuvo. La única palabra que se le ocurría era "fortuna", y no era la adecuada. Las brujas no operaban en efectivo. La mayoría de las Montañas del Carnero, en general, funcionaba sin las complicaciones del capital. Cincuenta dólares eran una fortuna. Cien dólares eran una... eran una... bueno, eran dos fortunas, eso es lo que eran.
        - Es mucho dinero -dijo débilmente-. ¿Qué no se podría hacer con ese dinero?
        - No sé -dijo Yaya Ceravieja-. ¿Qué hiciste con los tres dólares?
        - Los tengo en una lata dentro de la chimenea -dijo Tata Ogg.
        Yaya asintió con aprobación. Ésa era la clase de buena práctica fiscal que le gustaba ver.
 
 
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